Constanza y Matute (hacen la porquería) (fragmento)
El día de Constanza todavía podía empeorar y eso es lo que pasa cuando Marcia entra en trabajo de parto. No le avisa, solo deja de responder. Alejo tampoco contesta. Constanza se asusta, teme que su amiga haya intentado parir en casa, que haya complicaciones. Le pregunta a Diego, que a su vez consulta a Juan y la tranquiliza: está internada, rompió bolsa, todo normal, hay que esperar.
No tiene nada que hacer en Bahía Blanca, pero ahora no se puede ir. Hasta el entierro, no se puede ir. Eso si hay entierro, si no lo creman y se lleva así no solo su silencio sobre las víctimas de la Base Naval de Mar del Plata, sino también el secreto de su carga genética. Si Marcia estuviera ubicable le hablaría de esto, esto es lo urgente y no la parte exigua de la historia con el Protochongo que puede contarle sin revelar de quién se trata, sin confesar que está haciendo todo mal con un familiar. Si no cuenta eso, la anécdota se reduce a que sexteó en pedo con un tipo y eso no tiene ninguna importancia, pero la muerte del marino sí, es crucial que la Justicia impida la cremación de sus restos para garantizar la identificación de Ignacio Basterrechea. Le comenta esto a Diego, le deja un audio explicándolo mejor, pero Diego ya no le contesta. No llama al GAFA: en su trabajo no saben que está en Bahía Blanca.
La migraña no cede. Almuerza en un café que no se molesta en elegir, más que almorzar mueve la comida con el tenedor como en una sitcom, comparación que no logra arrancarle ni una sonrisa. Camina hacia un museo de la ciudad: cerró a las 13. Sigue hacia el puerto. El viento la azota con su propio pelo y no trajo abrigo suficiente. Da media vuelta antes de llegar. Sube a su habitación, arma un porro muy finito porque no sabe hasta cuándo le tiene que durar, lo prende y prende también la computadora. Le aseguró a Gabriel que de ninguna manera iba a perder el tiempo reabriendo investigaciones preliminares que no llegaron a nada. Le juró lealtad a los entrecruzamientos genéticos masivos. Pero hay una hipótesis de identidad que relaciona un esqueleto en particular con el caso del hijo del marino, un hallazgo en Tucumán, adonde Ignacio Basterrechea, la oveja negra de su familia, habría viajado a sumarse a la Compañía de Monte del PRT-ERP, sin llegar nunca a destino. Hoy necesita aferrarse a eso, a la esperanza de que está ahí por algo, de que volverá a Buenos Aires con el dato de una tumba en el cementerio local que les permitirá obtener adn de esos huesos.
No es perder el tiempo porque de todas formas no tiene nada que hacer hasta el día siguiente. Ya averiguó cuál es la cochería y dónde es el sepelio, lo que no pudo preguntar por teléfono sin despertar sospechas es el destino de los restos. Va a tener que seguir el cortejo a distancia y anotar los datos de la tumba o del nicho en cuanto se hayan retirado los deudos.
Pero le cuesta concentrarse. No para de pensar en Matute, a quien de ninguna manera le puede escribir después de lo que hizo. Sí puede escribir el nombre de su madre y es lo que hace casi sin darse cuenta.
Elena Carmen Larriaga.
Enter.
La última actualización en el sistema del GAFA es la sentencia del primer juicio por los delitos cometidos en el centro clandestino de detención Protobanco. Larriaga fue uno de los casos-víctima (así dice Marcia, como si lo de “víctima” humanizara lo de “caso”), más aún, uno emblemático, pero nadie se presentó como querellante por ella. Matute no fue citado a declarar como testigo, su abuela tampoco. A Mirta López, que la vio y habló con ella en el campo de concentración, no se la localizó ni parece que la hayan buscado demasiado, al menos no en el expediente. Sí declararon otras sobrevivientes con las que Mirta habló, quienes transmitieron lo que Mirta les contó sobre ella. Ese es el relato conocido que se replica en una serie de seudopruebas testimoniales y documentales que se muerden la cola, como listados de desaparecidos, artículos periodísticos, recordatorios colectivos y hasta un poema, que remiten unas a otras y en última instancia todas al testimonio de Mirta. Testimonio es un decir, porque Mirta no escribió ninguno, aunque habló, dio una conferencia de prensa en Francia en cuanto la liberaron y fue una de las primeras en identificar el Protobanco y al Ejército como la fuerza responsable. Su testimonio en el Juicio a las Juntas iba a ser uno de los primeros, pero el encuentro con el fiscal Julio César Strassera terminó a las puteadas y con un portazo. Constanza conoce bien la historia porque, cuando entró al GAFA, Gabriel seguía obsesionado con encontrar a Mirta, de quien nadie había vuelto a tener noticias desde 1985.
En otras palabras, el célebre caso de Elena Carmen Larriaga está flojito de papeles. Si Matute hoy le dijera que quiere saber qué pasó con su mamá, lo que ella tendría para ofrecerle sería una miseria informativa.
La indignación la empuja a ampliar la búsqueda. Encuentra en un blog una semblanza militante de Elena Carmen Larriaga, alias Gallega, alias Lina: este último apodo o nombre de guerra no aparece en ninguna otra parte. Generalidades sobre la entrega y la solidaridad, que podrían haber sido escritas por una inteligencia artificial. Ve entrevistas de archivos orales a sobrevivientes que compartieron cautiverio con Mirta López: no saca nada en limpio, pero logra que se le pase la tarde.
Anocheció cuando da con un corto de ficción producido por estudiantes de una escuela secundaria de San Martín, en el marco del proyecto provincial Jóvenes y Memoria. Allí se recrea el secuestro de Elena Carmen Larriaga, mal actuado y peor guionado. A la chica que hace de ella se la llevan con un bebé en brazos, o mejor dicho un atado de ropa, que no le arrebatan ni para meterla al Ford Falcon (consiguieron uno, es un auténtico esfuerzo de producción porque los Falcon se esconden en los garajes de barrios militares), donde se sienta muy derecha entre dos tipos. Hay algo de Elena Carmen Larriaga que la actriz adolescente capta, algo hosco y altivo que se aprecia en su única foto de desaparecida replicada al infinito, una ilusión óptica que le hace ver por un segundo a Matute.
Para.
Retrocede.
De nuevo la Elena de ficción es amablemente introducida por dos muchachitos con bigotes postizos en el asiento trasero de un Falcon con un atado de ropa en brazos.
Pero Matute tenía un año y medio en el momento del secuestro y debía medir como un niño de tres.
Es el tipo de ideas que permanecen agazapadas en las sombras porque cuando se formulan, cuando cristalizan en palabras, cuando las palabras se encuentran unas con otras, no hay vuelta atrás.
En la denuncia original de la abuela materna de Matute ante la Conadep, en el campo “Hijos”, apenas un renglón para ese dato, alguien (Constanza sabe quién, leyó tantos legajos que reconoce la letra manuscrita) escribió solamente: “1”. No dice nombre, género ni edad. Dice: “1”. No dice si estaba presente en el operativo ni qué le pasó. Dice: “1”.
Matute tenía un año y medio pero debía medir como un niño de tres.
El tipo de ideas que permanecen agazapadas.
Matute en el asiento trasero de un Falcon.
Porque cuando se formulan no hay vuelta atrás.
¡Pum! Un cuetazo y un perro actor que hace el muertito queda tirado en el patio mientras el Falcon se va.
Fragmento de Constanza y Matute (hacen la porquería), de Mariana Eva Perez, a publicarse por Emecé en mayo de 2026.
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